Un paro más, un paro menos, quizás ya haya pasado.

Opinión y reflexión ácrata en el marco del paro desde el sur. (27 de Septiembre/ 2017)

Hay que remontarse a los paros nacionales de años recientes: paros campesinos, agrarios, paros cívicos del Chocó o de Buenvantura en el Valle del Cauca (por sólo nombrar algunos). Paros con buenos deseos, y con esperanza, pero, como hemos visto, mal enfocados. Mal enfocados por los resultados que han tenido y que hemos visto: marchas, plantones, tomas de carreteras o calles, enfrentamientos con el Escuadrón Móvil Anti-Disturbios (ESMAD), heridas/os, amputadas/os, hasta muertas/os (y cómo han aguantado), mesas de concertantes, negociaciones, fin del paro e incumplimiento por parte de instituciones del estado e incluso represalias.

Que pase lo mismo con el “paro desde el sur” convocado por diferentes organizaciones desde el sur de la cuidad dónde los barrios casi que son ocultados, exterminados o quisier hacerlo (el estado), no sería novedoso o sorprendente. Las demandas o exigencias casi siempre son las mismas: el cierre del botadero de Doña Juana, transporte digno para sectores del sur, el microtráfico, la falta parcial o quizás total de servicios públicos, que no se estigmatice el territorio, hasta el respeto del proceso de revocatoria del alcalde de la cuidad, entre otras. Peticiones que somera y superficialmente son buenas y con todo el derecho de exigirlas, pero que a profundidad caen en un error sustancial, en un yerro que más parece una elección, por “tropezar siempre con la misma piedra”.

Por error, yerro o mal enfoque, refiérome a la mala costumbre de “exigir” al estado reivindicaciones sociales. A la mala costumbre de “obligar” al estado a respetar derechos fundamentales. La mala costumbre “insistir” al estado que preste atención a sus demandas. Más parece eso un súplica, un ruego casi de rodillas, pero con un discurso “insurgente” en las calles para que otras/os las/los vea y “parezca” más digno.

¿Cuando, pregunto, a funcionado esa retorica?

El 1ro de mayo de 1886, día en el que los derechos y la dignidad de los trabajadores se hacía relevante para millones de personas en innumerables países, a algunos casi de inmediato, otros después, pero fue un triunfo de la clase obrera y las/los muertas/os, parecía, que no iban a quedar en el olvido, pero no fue así. Los sindicatos (los residuos), antes relevantes y con una fuerza descomunal, se vendieron a las empresas dejando solas/os a esas/os trabajadoras/es que decían defender. Los trabajadoras/es, ya no trabajan 8 horas, sino 9, 10 u 11 según el hámbre: “si no le gusta hay otra/o en la miseria que sí quiere salir de pobre”. Los partidos de izquierda, “progres”, o “social-demócratas” se abogan ese día como propio y ya es una fiesta de un día, festivo, para el día siguiente, seguir en el ritual de muerte en vida. Los muertos deben estar revolcándose en sus tumbas.

El 8 de marzo de 1908 es conmemorado como el inicio del Día Internacional de la Mujer. Conmemorado (bueno así debería ser) porque ese día fueron quemadas vivas mujeres trabajadoras en huelga, exigiendo su derecho a trabajar dignamente, su derecho al voto, su derecho a existir. Ahora se celebra, una rosa, ramo, chocolatinas, almuerzos o fiestas, jolgorio para las mujeres, pero luego si las violan y asesinan, es culpa de ellas por “ir provocando”, “por salir de noche”, “por no ser mujer de casa”, etc. Repitiéndose el circulo: antes por exigir derechos, ahora para exigir que no las maten.

Los dos ejemplos anteriores, fueron usados para dejar claro el punto de este escrito, esta reflexión, esta opinión, esta crítica: exigirle al estado una vida digna es inútil, pues el problema es el estado. No sólo lo decimos o escribimos las/los anarquistas, sino la historia nos ha hallado la razón.

El paro cívico de 1993 en Ciudad Bolívar, mucho más contundente, exigióle al estado su presencia en forma de vías, servicios y trasporte público, instituciones. El territorio le exigió su presencia al estado, muy a su manera, pero con daños colaterales. El estado se encargó de dinamitar la unidad que antes de 1993 se vivía en la comunidad. Antes, a fuerza y pulso, las/los pobladoras/es levantaron el barrio, el apoyo mutuo era el diario vivir en su cotidianidad, como pudieron, hicieron llegar luz, agua, transporte. Para no hacerlo más extenso: el barrio, el territorio era de ella/os, por ellas/os y para ellas/os. Lo que hizo el estado posterior al paro fue deleznable: les llevó vías, pero les trajo enfrentamientos entre vecinas/os, les llevó servicios públicos, pero les trajo deudas impagables, les llevó bancos, pero les dejó desalojos, les llevó adiestramiento (educación), pero les dejó desinterés, les llevó “seguridad”, pero les trajo “limpieza social”, les llevó instituciones pero embadurnó de urbanización sus espacios verdes, sus espacios de esparcimiento, su diversión. El estado fue a privatizar y a vigilar sus vidas.

Pensando mientras se plasman estas ideas, puedo atreverme a escribir que incluso esos grupos “emediecinuevecitos” pudieron tener responsabilidad alguna en lo anteriormente expuesto total, eran social-demócratas. Quizás, su trabajo era endulzar los oídos de la comunidad para que “fueran legales” ante el estado, con las consecuencias que vemos hoy. En este párrafo sólo estoy especulando.

¿Por qué siguen cayendo en este sin salida? ¿Por qué, si por años y por décadas no ha funcionado? ¿Por qué, si los triunfos son momentáneos y las batallas siempre las gana el estado? No. No habrá en el mundo un estado justo, un estado “de todas/os”, porque el estado necesita de gobernantes y gobernadas/os. Un estado nunca será horizontal, pues dejaría de ser estado, por simple lógica. Comprendo que hayan muchas/os jóvenes inquietas/os con esperanzas puestas en estos procesos, no los juzgo porque también creí en ello, que se podía lograr algo exigiendo al estado, porque creí en la dichosa frase: “es el deber del estado garantizas una vida digna, porque el estado somos todas/os”. Ahora me doy cuenta que el estado lo cambia a uno o esos grupos “progres”, “insurgentes”, “alternativos”, “crítico” o como quieran llamarlos, lo cansan. Lo cansan a uno por sus egos de ser más críticos que otros, más marxistas; lo cansan a uno por sus burocracias, por su intransigencia, por sus celos o sus envidias. En fin. Mucha tela de dónde cortar.

Las únicas apuestas que hacemos las/los anarquistas son las auto-determinaciónes, auto-gestiónes, auto-organizaciónes de las comunidades, pueblos y barrios. Al margen de cualquier institución estatal, al margen de cualquier partido, vanguardia, caudilla/o, líder, sindicato. Apostamos a una comunidad como el barrio anarquista de Exarchia en Atenas, Grecia en dónde la policía no entra y el narcotráfico fue desterrado o como la Comunidad okupa de “La Esperanza”, en Santa María de Guía, Gran Canarias. Apostamos a que las personas, comunidades, pueblos, barrios, se distancien del estado y se apropien de sus territorios y que tomen responsabilidad sobre sus funciones dentro de una sociedad y no delegarlas a representantes que, de cualquier forma, va por intereses particulares.

Es por todo lo anteriormente descrito y escrito, que mantenemos, las/los anarquistas, distancia de este “Paro desde el Sur”. Porque es inservible, desde todo punto de vista, obligar a un estado a… Para que la vida en comunidad sea más igual y justa (dentro de las diferencias) hay que sacar al estado de la cotidianidad, de la vida misma. Porque nadie sabe vivir allí, más que las/los mismas/os habitantes y nadie les puede decir o imponer, como vivir en dónde han vivido durante décadas.

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Trabajo Social Libertario Colombia

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